LA GATA

Había amanecido y Laly veía reflejado el espléndido sol en su ventana. Un maravilloso día le esperaba allí fuera, los gritos de su madre la apartaron de su sueño y recogiendo hacia arriba sus faldas, bajaba los peldaños de la escalera de dos en dos.

Vivía muy feliz con sus padres, pero su ilusión era volar libre, quería partir, ser independiente fuera del dominio de ellos, pero para eso hay que saber y ella no sabía, era lo que siempre le decía su madre.
Era hermosa, todos, podía decir ella que así la veian.
Joven, buena figura y un conocimiento extraordinario para aprender.
Aunque en el pueblo antes que estudiosa veían mejor que una muchacha se uniese en matrimonio y formase una gran familia, haciendo feliz así a su marido.
Eso fue lo que su madre quería comunicarle aquella mañana cuando, le decía que ojalá fuese con aquella cita que le había preparado, cuándo se comprometiese de una vez por todas.
Ella se negaba, Laly no quería ser una ama de casa, ni una mujer sumisa, así que después de una discusión con su madre subió de nuevo a la habitación y espero a que oscureciese para escaparse.

Sin ofició ni beneficio se embarcó en una aventura difícil de superar sin ayuda, pero su ambición iba a más, llegando a una ciudad que la aceptó sin preguntas.
Cambió de aspecto, cortó su larga melena, sus vestidos no eran largos y anchos como los que llevaba en el pueblo, éstos se ceñian a su cuerpo, dejándo ver esa expectacular forma de sus curvas que exhibía sin pudor en aquel antro que le daba una habitación para descansar, después de que allí mismo  realizara su trabajo. Lo que no cambió Laly  fue su nombre, bueno sí, todos la llamaban la gata.
Aquel calificativo no fue tomado a la ligera por sus amistades, sobre todo por los hombres, que comentaban entre ellos sus juegos felinos. Para las mujeres del barrio el apodo se lo llevaba despectivamente y con la mayor crueldad con la que una mujer puede llamar a otra, gata.
La vida que llevaba Laly, no estaba siendo fácil, pero después de no hacer caso de las advertencias, era la que ella se había buscado. Una noche en un descanso de su trabajo en el que era muy demandada, la gata salió a tomar el aire, aprovechando el momento comió un poco y se fumó un cigarrillo.
Mientras con la punta del pie lo apagaba, con mucho glamur, dos gatitos se le acercaron para comerse sus migajas.
Aquella fue la primera noche que de verdad Laly se sintió acompañada, muchas de aquellas en las que había actuado igual, lo único que recibía por parte de algún desalmado era una pedrada de lejos o el robo de las pocas monedas que su labor le dejaba.

Los años fueron pasando para Laly, que vio como sucedió su declive fisico, su pelo crecía pero ya no era tan negro, sus curvas aumentaban de volúmen y en su hermosa cara se iban apreciando las inminentes secuelas del tiempo.
Cada vez eran menos las veces que en la noche descansaba, pues su trabajo era menos requerido, al contrario que pasaba con sus amigos los felinos, que durante tanto tiempo se habían convertido en una pequeña manada.

Esa tarde le dio por pensar, Laly se preguntaba que sería de su vida si aquel día hubiese aceptado la cita que su madre le había preparado.
Si no hubiese huido de aquel modo, ahora sería tal vez la viuda de algún acaudalado del pueblo.
Cuando de pronto alguien la despertó de aquel soñador pensar cuando escuchó decir su nombre…
¡Mira abuelo cuantos gatitos!
¡Quiero uno abuelo!
No cariño esos animalitos pertenecen a la gata, son su única compañía.
Le decía el abuelo a su nieta, mientras señalaba a la anciana que se encontraba sentada en el banco, echándole unas migajas de pan a los  únicos amigos que ahora tenía.

©Adelina GN

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AUSENCIAS

Siempre me había gustado pasear por el bosque.
Desde muy pequeña me atraparon sus leyendas, aquellas que contaban los ancianos del pueblo, creando una prohibición para que tuviésemos temor a adentrarnos en sus caminos.
Encontraba en aquel lugar mucha magia, sus llanuras, sus árboles cómo personas herguidas con sus ramas altas, que similar a las extremidades del ser humano se alzan.
Sus colores verdes y marrones con esa claridad fosca erizaba la piel, cuando con miedo por allí se caminaba.

Ya de mayor seguía con mi afición al senderismo por aquellos lares mágicos y de ensueño.
Esa tarde descubriría un secreto guardado fielmente, por los lugareños.
Estaba cansada y había oscurecido, me senté en uno de aquellos árboles centenarios.
La hojarasca se pegaba a mí cómo si tuviese imán y recostando mi espalda al tronco escuché unas voces que murmuraban.
Por momentos vino a mi mente aquella trágica historia que escuché contar a mis abuelos.
Los dos coincidían en que los cuatro vecinos del pueblo habían desaparecido.
En tiempos de guerra era posible tachar a los jovenes de desertores. Aunque un gran mutismo estaba siempre entorno a esa tertulia entre los ancianos.
Paseaba por allí a menudo y nunca había visto aquel lugar tan misterioso.
No sé el motivo, pero aquel día alguien me siguió, cuando me levanté para rodear el árbol, pusieron en mi hombro una mano, diciendome muy bajo que no me asustase.
Juntos nos acercamos por un lado y cuál fue, en principio mi asombro, al ver a los cuatro andrajosos, allí apoyados en sus bastones.
Quien no se inmutó fue el investigador que llevaba mucho tiempo sospechando que aquellos jovenes no habían desaparecido.
Y gracias a mí y a mi descanso improvisado había dejado resuelta la leyenda.
Encontrando la morada de los desertores, durante muchos años, en el árbol hueco del bosque que a mí me parecía tan mágico y la verdad que no era para menos.

©Adelina GN

EXPUESTA AL MIEDO

Nunca Erica pudo llegar a imaginar que aquella noche la pasaría muriéndose de miedo por culpa de aquella tormenta, que tuvieron que soportar en medio del bosque.

Había un sol allí en lo alto maravilloso.
Las prendas de ropa comenzaban a sobrar, pese al pronóstico del tiempo, María y su prometido salieron sin pensarlo a caminar por el bosque.
Aquella comarca tenía fama de ser magnífica para el paseo campestre.
Todo resultaba tan romántico que Sebas no sabía como actuar cada vez que María lo abrazaba y besaba pidiéndole al pronunciarse de aquel modo, que fuese allí mismo donde le hiciese el amor.
¡Amor no debemos! Nos pueden ver.
¡Qué! ¡Narices! Aquí y punto.
Pero no, por mucho que ella insistía, su negatividad no cesaba.
Antes tenía que decirle lo que había tardado tanto tiempo en desvelar.
Era gay, no había estado con ningún otro hombre, pero lo sabía y había abierto los los ojos, desde que convivía con María.
Después de su confesión, que coincidió con el primer trueno de la temida tormenta, María quedó paralizada, sufriendo un inevitable cuadro de ansiedad que deslucia cualquier aspecto romántico del momento y lugar.
Ya que las primeras gotas de lluvia les sorprendió dejándolos empapados.
En cualquier otro instante, aquello hubiese sido motivo para guarecerse del aguacero y haber pasado la tarde o incluso la noche hablando, por decir algo.
María se asustó, no podía pensar, cómo lo diría, cómo lo tomaría su familia. Asustada era la palabra más suave, su pánico iba en aumento escuchando los argumentos de Sebas, para que entendiese.
Mientras tanto aguantaban el chaparrón que estaba cayendo, sus pasos se detenían solo cuando un nuevo rayo caía cerca de allí y por consecuencia el sonido ensordecedor del truno los petrificaba.
Por suerte una caseta para el descanso de los pastores se encontraba delante de ellos.
Aquella estructura rural brutalmente deteriorada asustaba más que la tormenta.
-Entremos tenemos que conocernos. Decía María, con insistencia.
No había duda de que ella tenía también algo que contar.
Una cortina de agua ocultaba como en realidad era la terrorífica fachada de la casa. De la cuál salían unos gritos que los dejó helados, más aún de lo que estaban.
Dudaron en entrar o irse, abandonar por miedo a lo que podían encontrar dentro de aquel mausoleo.
Pero necesitaban más un techo que tener miedo, y pasaron a su interior.
Las telarañas se pegaban en su pelo, el agua de aquellas goteras no habían podido con ellas y sin pensarlo ni un minuto dieron un salto sorteando la tabla rota que crujia bajo sus pies.
-Nosotros hicimos lo mismo.
-Hola somos Erica y Edu.
¿Qué tál?
¿Sois de aquí?
Demasiadas preguntas para una pareja que soportaba aquella angustia desde hacía unas horas.
Hombre y mujer expuestos al miedo de sus propias declaraciones. Él ya se había pronunciado, ahora quedaba ella, que más callada le había propuesto entrar allí, para en soledad descifrar un mensaje que también tenía oculto.
Ahora después de encontrar a aquellos dos jóvenes, con los que ya eran multitud, poca intimidad tendrían para terminar de esclarecer su relación.
Se sentaron alrededor de una hoguera improvisada, la tormenta no cesaba y la cortina de aquella ventana sin cristales, que hecha jirones volaba al interior. Produciendo en ellos el silbido asustadizo del viento un efecto de terror.
Aquellos chicos cansados se retiraron a refugiarse en la pared. Allí quedarían dormidos, mientras ellas siguieron sentadas al calor del fuego…
Su conversación se centraba en el miedo que María y Sebas habían pasado hasta encontrar la casa.
Erica igualmente basaba su miedo en aquella tormenta, aunque entonces María fue un poco más allá, desnudando su miedo y contando aquello tan privado que su novio le había confesado sobre su condición sexual.
Erica miró a los chicos, vio que dormían y se acercó dando saltitos con sus nalgas en el suelo, posicionandose muy cerca de María.
-No te preocupes, si habías pensado tener una noche feliz a causa del miedo, yo también lo tengo. Le decía, mientras apartaba su pelo aún mojado de un modo muy sensual.
-No tengas miedo, le dijo mientras la besaba.
María antes miró a su novio y luego aceptó aquel beso.
-Tranquila, mi hermano también duerme, dijo Erica, que se moría de miedo, al ser la primera vez que exteriorizaba sus sentimientos lesbicos.

Las dos mujeres dejarían sus cuerpos descansar en el suelo, para las dos sería su primera vez, pero sin duda no sería la última.
María antes le había pedido a Sebas que tenían que conocerse y hablar. Cuando él le confesó su secreto, ella fue incapaz de confesar el suyo.
Aquel que ahora asustada hacía latente con otra mujer, la que también tenía miedo.
Pero no había duda de que las dos entendían que estaban expuestas al miedo por culpa de parte de la sociedad.

©Adelina GN

EL COLUMPIO

Marta miraba a su hija Hada con orgullo, pronto tendría que decirle la verdad, pero por el momento callaría.
Mientras fuese una niña no la atormentaria con aquella historia del pasado.

Era tan personal e involucraba a tantas personas, que prefería guardar silencio ya que tenía que ver y mucho con la familia.
Recordaré, se dijo y tomando un álbum de fotografías y mientras Hada hacía su tarea escolar las miraba con ternura.
En ellas se veían dos niñas idénticas, en brazos de un matrimonio con aspecto humilde igual que ellas.
Aquel recuerdo fue más allá de la imágen que recreaba su pensamiento.
Viendose de niña jugando en el parque al lado de aquel columpio.
Las dos hermanas peleaban por sentarse allí.
Cualquiera de las dos podría haber sido quien sufriese la desgracia, pero en aquella guerra infantil ganó Hada.
Marta llorando se apartó del columpio sentándose al lado de su abuela, que sin preguntar dónde estaba la gemela la abrazaba consolandola.
Hada pidió a un señor que se acercó al verla sola que la empujase, que fuese fuerte, quería llegar hasta el cielo. Y así aquel hombre lo hacía, lanzándola con fuerza y cada vez que la recogía en aquel columpio la llamaba hija.
Marta no podía entender, una hora después, cuando su abuela y su madre fueron a buscar a su hermana, que volvieran sin ella y regresarán a casa sin más búsqueda.
Cuándo volverá mi hermana, recordaba Marta, que preguntaba todos los días.
Pero nadie le respondió nunca, ellos dijeron que se la habían llevado a la fuerza y la buscarían durante meses, pero jamás la tristeza se hacía presente en sus padres, cuando la policía venía con negativas respecto a su desaparición.
Qué inocente fui entonces, habló en voz alta llamando la atención de su hija, que se acercó preguntando. No es nada hija, cosas de mamá. En aquel momento la instantánea cayó al suelo siendo recogida por la niña, jugando con ella la miró y exclamó… ¡Dos niñas idénticas! ¿Quiénes son mamá?
Mi hermana y yo cariño, mejor dicho tu tía Hada, mi gemela.
La niña siguió preguntando y Marta le tuvo que contar la historia hasta ese punto en el que quedó cuando se le escaparon las palabras.
Después de aquella pequeña explicación volvía a pensar, pero esta vez apretó la boca, en lo inocente que fue cuando en todo aquel tiempo no se habló de su hermana. Y lo bien que llevaban la economía en la familia. No le faltaba un juguete, ni un vestido nuevo, pero después de los años ya supo que habían vendido a su hermana.
La tristeza iba apoderandose de Marta por momentos, tenía muy presente el movimiento de aquel columpio y que hubiese pasado si la ganadora de aquella discusión infantil hubiese sido ella.
¡Mamá! La nombró la niña.
Sentándose en sus piernas.
Háblame de la tía, nunca lo has hecho mamá.
Marta comenzó a ponerse nerviosa, todavía no era el momento, era pequeña para asimilar la historia, no debía de contarle aquello que ocurrió, pero con mucha delicadeza empezó a hablarle de su hermana Hada a la niña. Evitando descubrir ciertos puntos y dejándo el relato en el del columpio.
A partir de aquella tarde no hubo tarde que Hada no le pidiese a su madre que le hablase de su tía, la que se llamaba como ella y la que había desaparecido a la edad de siete años, los mismos que ella estaba a punto de cumplir.

Aquella mañana Marta se levantó de la cama sin descansar, le había dado tantas vueltas a una cosa que era necesario hacer que no había podido dormir.
Mientra desayunaba, la niña se despidió de ella para irse al colegio. Esperó a ver como cerraba la puerta y hasta que no confirmó mirando por la ventana que la niña estaba en la parada del autobús no descolgó el teléfono.
Marta tuvo una larga conversación con alguien al otro lado y colgó confirmando una cita en el parque.

Habían pasado ya unas semanas desde aquella llamada y esa se celebraba el cumpleaños de Hada.
Cuando la fiesta terminó, Marta estaba triste, Hada no sabía que le pasaba y le preguntó, no recibió respuesta alguna, tan solo le dijo que a pesar de estar cansada quería ir con ella al parque. La niña se sorprendió, no era costumbre de su mamá ir allí. Pero no había duda de que la acompañaría, tenía que obedecer era ya una señorita que había cumplido siete años y no podía negarse.
Fueron paseando, no estaba muy lejos de allí, al llegar Hada se soltó de la mano de su mamá y fue directa al columpio que por como se movía parecía haber sido usado.
Marta se sentó en el banco, su semblante era de pena, su corazón se aceleraba cada vez más y Hada entonces le pedía gritando que fuese a columpiarla.
Mientras su mamá se negaba con una media sonrisa, comenzaron a empujar el columpio mientras le decían ¿Quieres hasta el cielo?
Y cuando volvía éste y la recogía, terminamaba diciendo, hija.

La tristeza de Marta no era para nada infundada, una gran madre había vuelto después de siete años a recoger a su hija.
Habían pasado muchos años cuando después de mucho indagar encontró a su hermana gemela, entonces no podía volver al que fue su hogar ni tampoco al que la compró pues tenía un bebé, por lo que dejó a su hija con su hermana Marta que la crió para devolversela, cuando ésta tuviera mejor su vida.
Casualmente en el mismo lugar y en el mismo columpio donde desapareció.

©Adelina GN

 

 

DESESPERACIÓN MÉDICA

Agosto, martes, 16 Hs.

La doctora Emily se preparaba para recibir a su primer paciente en su consulta particular oftalmológica, el éxito obtenido con su profesionalidad ya hacía tiempo que habían conseguido el suficiente dinero para su operación.
Pero una llamada aquella tarde cambiaría todo pronóstico…
Su teléfono móvil la avisaba con insistencia de que tenía que contestar, era su médico en Washington.
-Dime George, saludaba Emily cordialmente a su amigo…
No volvió a hablar, se despidió de su interlocutor pronunciando un “de acuerdo”. Mientras se miraba en el espejo y sorbía de aquel humeante café. Allí viéndose reflejada en él, Emily hacía el ademán de dar un puñetazo al ver su rostro deforme, las cicatrices y el parche tapando su ojo derecho, le recordaban aquél fatal accidente.
-Ahora todo tendrá que esperar, hablaba en voz alta…
¡Maldita mi suerte!Tenía que ser ahora cuando se volviesen atrás en la donación…
Su rostro se desencajaba por minutos, la rabia en aquel instante no la dejaba apartar su mano del ojo sano, que casi lastimando manoseaba.
La consulta estaba en la habitación contigua y Emily escuchó como la enfermera le indicaba que había suministrado la anestesia a la paciente para extraerle un cuerpo extraño alojado en el lagrimal.
Una sensación de serenidad se apoderó de ella y pasó a la consulta, allí se encontraba la joven con la que podía conversar mientras se calzaba aquellos guantes de látex. La conversación fue corta, y ya con los utensilios adecuados en las manos, Emily se dirigió a reparar aquel percance sin la mayor importancia en su paciente. Pero antes preguntó a su ayudante…
-¿Qué ojo es el enfermo?
-El derecho doctora, contestó la enfermera…
-De acuerdo, contestó Emily…
Cuando al minuto se escuchó un aterrador grito del que fueron testigos los que estaban en la sala de espera…
Y una sonriente Emily alzaba su trofeo frente a la cara de terror de su ayudante, mientras la paciente gritaba…
¡¡Mi ojo… mi ojo!!

© Adelina GN

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LA ETERNIDAD DEL AMOR

LA ETERNIDAD DEL AMOR

La vida como el amor si nos lo planteamos de un modo positivo, podemos llegar a creer que en los dos casos pueda ser eterno…

Aquel lugar era hermoso, lo cuento desde la perspectiva que siento al escribir sobre el amor, el respeto en la pareja y la comunicación entre ambos.

Os voy a contar una historia de ficción, un relato romántico, un caso que ocurrió puede que en realidad en la imaginación de algún escritor romántico y que aun siendo imaginario es fácil creer que pueda suceder en la vida real…

Se decía en la ciudad que aquella extensión de naturaleza, llena de vida era lo que sus habitantes necesitaban. Sus flores, sus jardines, siendo la luz del brillante sol de la primavera el que ocultaba sus sombras. Unas sombras debidas a la edad, la madurez que es un grado y la única sabiduría que adquirimos con el paso del tiempo, y aquello les servía entonces de poco…

Hablo de ellos de esas personas que en un momento de sus vidas, quizás cuando lo han alcanzado todo, no entienden nada, no se conocen ni así mismos, y no reconocen que su existencia se cierne ahora tan solo a contemplar el bello escenario donde sus días son siempre el mismo acto a representar… El ocaso de sus experiencias había llegado, un cierto día, sus familiares decidieron llevarlos de visita a un lugar hermoso, y donde sin lugar a dudas estarían mejor cuidados y atendidos…

Hoy es sábado, pero daba igual el nombre de aquella jornada, el medio centenar de enfermos, por llamarlos de este modo, comenzaba como cualquier otro…

Sentados en amplias mesas, alguno desayunaba con la ayuda de su cuidadora, otros hacían lo propio, moviéndose el uno al otro el café, ayudándose juntos a sobrellevar aquel cómodo existir…

La magia del amor les había unido, me estoy refiriendo a Irene y Paco, dos residentes de aquel lugar que ya lo habitaban hacía dos años. Entre ellos había surgido el amor, sin saber el uno del otro, sus corazones sintieron emociones que les delató como enamorados. Aquellos encuentros en la sala de estar viendo la televisión, acariciando él, sus manos y ella arreglando el cuello de su camisa, les daría el regalo de ocupar la misma estancia doble que otros habitaban, y designada por la institución. Tenían una cierta edad sí, pero su amor se había aferrado a ellos, solo sabían que se querían, en ningún momento hubo celos en aquel año que duraba ya la relación, sus paseos por los jardines en los atardeceres de aquellas estaciones ignoradas por ellos, eran la envidia del personal del centro, pues sus compañeros desconocían que era aquello que les estaba pasando…

Por cierto os aviso de que habrá boda, será una celebración a petición de Raquel la joven que de ellos se ocupaba, ya que un buen día Irene, dado su estado mental y sin importarle que su novio estuviese delante le confesó que lo quería y que estaba avergonzada de compartir cama con el hombre que amaba, argumentando a su modo a la enfermera, lo que sus padres iban a pensar al respecto. Deduciendo Raquel que a los padres a los que hacía referencia Irene, eran sus hijos que mensualmente acudían a verla. Así pues la asistenta se reunió con la dirección y prepararon la celebración para complacer a la enamorada Irene. El estado de salud de Paco se deterioraba con facilidad, su demencia avanzaba rápidamente, pero aquellos cuidados de Irene salvaron aquella grave recaída, acelerando los preparativos y cambiando la fecha del casamiento de aquella pareja ejemplar en todos los aspectos…

Aquel último paseo como novios formaría parte de la historia del geriátrico, pues después de verlos salir de la mano hacia su banco favorito, los miembros de él, se situaron en la puerta para admirar aquellas muestras de amor que ambos se proporcionaban…

Ver como Paco pasaba suavemente su mano por el cabello encanecido de Irene y que ella agradeció aquella delicada caricia con un tierno beso lleno de amor, no tenía precio, la entrada principal se llenaba y alguna lágrima asomaba sin remedio a los ojos del público que asistía a la escena romántica…

Había llegado el día señalado, escogido por los familiares, fue el primer domingo del mes de Mayo, el mes por excelencia para aquellos actos. Se habían cumplido todos los ritos, Irene había tenido su despedida de soltera al igual que Paco, por eso aquella noche no dormirían juntos intercambiarán la habitación con dos de sus mejores amigos, a los que les picaría la curiosidad por la diferencia a otros días y seguro seguirían sus pasos. Su amiga la ayudó a vestirse, Irene llevaba un traje negro de ceremonia, el mismo que llevó en la boda de su hijo de la que había sido madrina, a Paco, su amigo, le terminaba de arreglar el nudo de la corbata y se miraba al espejo no reconociendo al padrino de boda que fue un día de su hija con aquel atuendo…

Salieron a la vez de aquellas distintas habitaciones que ocupaban, sus miradas se cruzaron, se dedicaron unas sonrisas y sus guiños graciosos de complicidad, hicieron reír a los presentes que con una gran ovación les recibieron…

Ya solo faltaban a su lado los padrinos que les acompañarán hasta el salón de actos donde todo estaba dispuesto. Entre todos se propusieron que para Irene y Paco fuese aquel el día más feliz de sus vidas y se encargaron cada uno de una tarea, uno oficiará la ceremonia, la música a cargo de los más jóvenes, y tres preciosas jovencitas hacían las veces de damas de honor. Todos aquellos personajes eran interpretados por sus nietos, y sus hijos cumplirían con placer la de ser testigos del amor eterno que sus padres después de los años volvían a declararse, uniéndose para el resto de sus vidas por un amor que era, había sido y sería eterno.

©Adelina GN

EL TROFEO

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Reto en El Maravilloso Mundo de los Libros
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Nadie le arrebataría aquel premio, su mayor logro sería el que ella misma obtendría, jamás dejaría desierto aquel concurso, poniendo como trofeo su propia identidad…

María había vivido toda su vida rodeada de comodidades, su propia madre nunca antepuso su felicidad a su enseñanza. Por aquella razón cuando la joven le comunicaba emocionada, de que un hombre la había enamorado, la sufrida madre se enojaba. Pero como siempre dejó que María cumpliera lo que ambicionaba en la vida, y como siempre la dejó hacer la suya.
Como el día que le dijo que no quería estudiar y que trabajar suplía aquel deseo de aprendizaje. Antes de que se diese cuenta los años de noviazgo pasaron y una jovencísima María pasaba por la vicaría, encontrándose de aquel modo presa de un macho, que no de un hombre como ella creyó en su inexperta experiencia en la vida, y que muy bien su madre quiso advertirla. Al parecer aquel acontecimiento en el primer paso hacia su libertad como ella creía, la eclipsó por completo. En el horizonte que antes de su casamiento dibujo, no se veía la cordial vida que ella imaginó, ni una figura admirable quedaba para deleite de su marido, después de haberle dado un hijo. A fin de cuentas nada salió como ella pensaba. Un chico amable y cordial fue convirtiéndose en una austera pareja que no le permitía nada a lo que su madre la había acostumbrado. Dejó de ser la señorita para ser la fregona de su casa, la joven madre deformada por los partos que se sucedían sin darle tiempo a recuperarse, la enamoradiza mujer que secaba sus lágrimas después de cada encuentro con el arrebatador de sus sueños, aquel que se conformaba con un gemido fingido con tal de saciar su propia agonía amatoria. Muchas décadas pasaron, casi demasiadas, pensaba ella, así que decidida a que su cuerpo no pasara a mejor vida sin saber que era vivir, armándose de valor, llamó a otra puerta, se presentó a un certamen, apuntada a un concurso prometía esa vez ganar, pero no solo llevarse el premio, no, también optaba con aquella mención a que la nominación a ganadora le trajese consecuencias, pero como se decía a sí misma, llegar había llegado, demostrar podía ser lo que más le costase, pero ahora sabía que habría tiempo, la felicidad que auguraba llevarse aquel galardón, valía todo aquel esfuerzo.
A pesar de que nada es como se planifica, ganó el concurso y se llevó el premio, estaba dispuesta a disfrutarlo, pero debería comenzar de cero, apartando aquello que le sobraba, lo que la había identificado siempre, y para ello tenía que ser ella misma su máximo premio.
Se cortó el pelo, se despojó de sus vestiduras, se lavó con una buena ducha y se sentó en aquella caja abrazando su cuerpo…
Allí estaba, su trofeo, ella misma, sin un rastro de lo que había sido su vida, todos sus recuerdos del pasado se escondían ahora debajo de ella, dentro de aquella caja que le servía como peana para exponer su mejor premio, ella misma su trofeo.

©Adelina GN